Si bien España no participó de manera activa en la II Guerra Mundial, las baleares estuvieron en el centro de una de las mayores zonas de batalla, el Mediterráneo. Raro era el día que a las costas de las Pitiusas no llegaban restos de barcos naufragados o parte de la carga de naves que habían sido atacadas en el mar. Eran muchas las personas que, a menudo, recorrían las playas en esa época en busca de algún botín en forma de madera, metal u otro tipo de materiales que pudieran llegar con las corrientes.

Así fue cómo el 9 de octubre de 1941, un niño que vigilaba el rebaño de su patrón, vio llegar hasta la orilla de es Carnatge un objeto metálico de grandes dimensiones. Tras avisar a su patrón, este se encaminó hasta la zona con dos de sus hijas.

Tras analizar el objeto (que a la postre se supo que era una mina alemana de las que el ejército nazi puso alrededor de la costa africana), el patrón pensó que se encontraba ante algún tipo de contenedor metálico que podría portar aceite o algún tipo de líquido valioso. Visto así, comenzó a intentar abrirlo.

Tras apartar varias piezas del objeto, pidió al niño que fuera hasta la casa para traer un martillo. En el transcurso, la bomba estalló, llevándose la vida del patrón y sus dos hijas. Cuando los lugareños llegaron hasta es Carnatge alarmados por el gran estruendo de la bomba, no encontraron más que restos esparcidos de carne. No pudo ponerse nombre a los cadáveres hasta que el niño pastor contó la historia de lo sucedido.